lunes, 24 de noviembre de 2008

EL DIARIO DE CLAUDIA

Miller encuentra el diario de Claudia, lo abre y lee:

Es una vez, cuatro mujeres y un gordo atractivo.
Los cinco viven en una isla con un faro.

Mark, el gordo atractivo, sube al foco. Lo hace lentamente y gimiendo porque está demasiado gordo para su edad. Sube por las escaleras de caracol como si de un fantasma se tratara. Sube despacio y silenciosamente. Lleva en la mano la botella con su mensaje en el interior. Allí se encontrará con Claudia. Detrás, sube ella. Más de prisa, más intrigada, más asfixiada. Se encuentran. Una vez allí, Mark se declara. Quiere casarse con ella. La respuesta es negativa. El enfado de su amante es tal que con su frustración tira la botella que cae al vacío y estalla en mil pedazos. Baja por la escalera murmurando palabras de odio y rencor. Y detrás, baja ella. Dudando. Acaba de tomar una decisión en su camino. Éste se bifurcaba y ha tenido que escoger entre dirigirse hacia la derecha o hacia la izquierda. Ha escogido la izquierda. Ha sido un golpe de intuición. Pero, como aún quiere a Mark, recoge el mensaje de la botella. Y lo lee. Va dedicado a una mujer. Queda intrínsecamente desahogada. El tal Mark no quiere quedarse sólo. Y por eso, se arriesga a pedir su mano en matrimonio. Por miedo a la maldita soledad que lo enferma. Eso, lo ha llevado al fracaso. Eso, y la mujer de la carta en la botella. Que se encuentra de frente nada más bajar la escalera. Allí, en la puerta del faro. Al acecho. Y Claudia la mira y le entrega la carta muy feliz. De buena se he librado. De una maldita vida compartida con otras mujeres. De un personaje enfermo de celos, machista, chivato, malpensado, desconfiado y grosero.

Miller agarra el teléfono. Pero, ella no contesta.

La mujer es mayor que Claudia. Tiene el pelo más claro que ella. Y debe usar más cremas para la cara que ella. Tal vez, se tiña. Tal vez, sus mechas sean naturales. La carta era de la mujer. Nunca hubiera sido bien recibida en su mundo, ni la mujer en el suyo. Tal vez, desgraciadamente. Mejor haberse llevado bien desde el principio. La situación hubiera estado más controlada. Los consejos que la mujer le regala a Mark lo dejan fascinado. Queda prendado de sus comentarios. Tan infantil es, que se deja arrastrar por sus propias emociones. Tan niño, tan adulto. Tan ridículo. Tan tonto. No ha entendido nada. Se hizo la tonta para pillarlo. Pero, como es un chivato él mismo se ha delatado. Y ahora no lo quiere. Ahora, no quiere la carta de la botella porque debía estar escrita bajo la influencia de ellas: su tía y su madre. Lástima. Claudia quería que todo fuera bien. Y acabó influenciado por los tristes consejos de su tía. La mujer a las que van dirigidas esas palabras dentro de una botella, es otra. Un poco infantil nuestro Mark ¿No? Ahora, no piensa vestirse de blanco, ni piensa ceder, ni piensa felicitarle las fiestas navideñas, ni piensa… Que busque a la otra. La vida tiene diferentes modelos. No sólo existe el modelo de la boda feliz. Eso es una estafa. Una mentira. La hipocresía del siglo XX. Eso es lo que piensa del matrimonio… A no ser… A no ser que el tal Mark lo arreglara reconstruyendo el faro. Su propia casa donde habitarían seres diminutos e infantiles como representarían sus hijos.

A todo esto, Miller, que ha seguido leyendo queda sorprendido ante el diario. Y vuelve a llamar a Claudia para tomar un café y charlar. No lo coge.

Así, el faro, que es suyo, podría ser como él lo hubiera imaginado. Él diseñaría las escaleras. Él inventaría los colores de las paredes. Él, y sólo él se recrearía en los planos. Y la parte decorativa la pondría ella. Lástima… Él se lo ha perdido. Se ha perdido la ilusión de formar una familia por ella hacerse la tonta. Él podría haber dibujado cien veces el faro y hubiera redescubierto su vocación de arquitecto. Se hubiera inspirado. Pero, ahora, ya nada de nada. Nada de eso. Ahora, él tendría que dibujar para la otra. Y para las otras dos mujeres que tanto influyen en su vida. Para la tercera mujer. Un señor faldero. Eso es lo que era. Un cantamañanas asustado ante su fatídica soledad. Así pues, se queda con el faro. Porque lo eligió ella. Y esa es su obsesión. Y se inventa una excusa para escribir. Se encierra en el faro y pasan los días. Escribe una novela, escribe cien cuentos, escribe veinte poemas, tres ensayos. Y se dispone a leer. Lee, y lee. Y fabrica su propia tradición. Su propio camino ella sola. Y las tres mujeres fatídicas se quedan allí de dónde han salido. Aquí, existe una cuarta mujer. La mujer que le ayudó a decorar el faro. La mujer que la acompañó hasta la puerta aquel día en que la botella salió volando. La mujer, que por suerte, le aconsejaba a ella. Ella misma… que es más valiosa que toda esta historia… Porque tras el papelito de la mujer tonta supo descubrir los cuernos que llevaba la otra. Ya que con ella el tal Mark nunca conseguiría nada de nada. Ni un sí quiero, ni un desnudo, ni un triste beso. La mujer que descubriría que ese hombre no valía ni la más remota pena. Y aquí, acabo y concluyo mi historia. Mi historia triste y desangelada. Andamos solos por el mundo y hay que saber hacia dónde nos dirigimos. Siempre saber en nuestra desorientación hacia dónde vamos y tener un centro. Pobre Mark… Se perdió la experiencia de ser amado. Jamás lo alcanzaría por ser deshonesto, indeciso, incompleto, poco integral, alicaído. Así pues, se despide. Y anota: - Me voy a dar una vuelta por el bosque-.

Claudia, que paseaba por el bosque de aquí para allá recogiendo florecitas se encuentra con Mark Miller que la invita a tomar café. Y allí, en la cafetería, se plantan. Toman café y galletas. Se hacen amigos. Claudia olvida lo de deshonesto, indeciso, incompleto, poco integral, alicaído, enfermo de celos, machista, chivato, mal pensado, desconfiado y grosero. La carta en la botella, era para ella… Al caer, había ido a parar a un charco y se había emborronado y parecía que iba dirigida a otra mujer… Tanto es así que deciden irse a vivir juntos, como buenos compañeros de faro. Todo había sido un mal entendido y queda todo en paz.

Así lo hacen y el “es una vez” queda olvidado en el tiempo.

Carla Rovira Pi

1 comentario:

isus dijo...

Buenas noches...
Estreno los comentarios sin entrar al detalle en temas ortográficos (algún catalanismo, influenciado, emborronado...) y estilísticos. Creo que el texto se merece una segunda revisión, demasiadas comas mal colocadas entre sujetos y predicados, demasiadas comas y demasiados puntos en general...
La intención de marcar un ritmo muy alto en la narración es buena, pero el recurso está un pelín sobreexplotado, creo.
Me gustó lo de inventar los colores, una imagen potente, ¿por qué no hay más en el texto?
Sobre el contenido, la revisión irónica y monzoniana de un cuento clásico es muy efectiva, los personajes aislados, el faro... pero, por qué no forzarla un poco más? por qué nollevarla al extremo de la ironía o el surrealismo?
pues eso, salud2 :-)