lunes, 6 de octubre de 2008

El recuerdo volátil

Salí del museo. Las miniaturas me habían envuelto en una extraña sensación de misticismo. Freud solía coleccionarlas, miniaturas de dioses y diosas de culturas pasadas y religiones desconocidas. Eran dioses de bronce, de madera, algunos de piedra blanca, muchos tenían caras dulces y seductivas, otros la tez arrugada, expresaban pasión o furia o poder, bailaban, meditaban, cada uno lucía una postura distinta pero todos se imponían. Ocuparon una gran parte del escritorio, invadiendo su trabajo. Quién sabe si Freud los observaba a ellos o si más bien era al revés. Los seleccionaba como si eso le hubiera permitido apoderarse de ellos, entender y moldear su esencia. Pero los dioses no se dejan dominar, no se dejan conducir como un protón en el gran colisionador de hadrones. Uno sólo puede tenerlos cerca, esperando alguna señal imaginaria de su parte. Si te comprometes con ellos tienes que saber que con su omnisabiduría se te meterán entre las líneas de los textos más científicos.
Era un museo pequeño, casi invisible para la vecindad, al que sólo acudieron los extranjeros eruditos – o los que presumían serlo – y algún que otro compatriota entusiasmado. No obstante guardó algunos descubrimientos inesperados para el ojo experto.
Cayó un aguacero. Escondí la postal debajo de mi abrigo. Mostraba a Freud en su escritorio con cara serena, absorto en su trabajo. Me la había comprado en el asomo de un sentimiento coleccionista, no por Freud, cuyas ideas nunca lograron convencerme, sino para acordarme de ellas, de las miniaturas, tan presentes e invisible a la vez. Crucé la calle Berggasse para llegar al tranvía. El sitio más indicado para leer y mirar a la gente afuera, luchando con sus paraguas multicolores contra el viento lluvioso en el que se había convertido el chubasco. Se parecían a peonzas conducidas por un hilo invisible en manos de un malabarista. Siempre puedes encontrar una historia en el tranvía, un cuento que surge en la auténtica vida. Saqué un libro del bolsillo y toqué la tapa usada con ternura. Abrí la página que me indicó el punto de libro y Stiller me contestó Uno puede contarlo todo, menos su vida real.

Siete años más tarde.
Las estatuas diminutas de hoy son muy distintas. Varias parecen ser guerreros o gobernadores, otras ostentan posturas apotropaicas y entre los poderosos se esconden algunos desconocidos – sin duda son los que fascinan. Me detengo ante la vitrina para examinarla más a fondo y a pesar de que estas miniaturas son muy diferentes las sigo percibiendo como en mi infancia. Una diosa de piedra turquesa capta mi atención, por sus atributos aparentemente de la civilización romana. El artista desconocido no había refrenado de exhibir sus imperfecciones. El pasillo del Museo de Bellas Artes de Bilbao me llevaría al sigo XVI, pero decido subir a la segunda planta. Allí donde guardan las obras más atractivas, la colección contemporánea. Al salir de los museos casi te obligan a pasar por la tienda y alimentar tu nostalgia. Yo era una víctima fácil. Deseaba una postal del artista vasco que tanto me gustó y cuyo nombre no recuerdo porque los encargados de la tienda consideraron que su obra no fuera lo suficientemente importante como para ofrecerme una.

Los recuerdos se disipan y pego la postal de aquél día lejano y lluvioso en el corcho autoadhesivo – qué gran invento – de mi nueva habitación. El escritorio de Freud queda al lado de una foto de Ingeborg Bachmann, cuyo fondo es un color turquesa precioso. Ambas parecen escondidas entre las fotos de amigos, papelitos con poemas, postales de cuadros y anotaciones.

El cielo se ha nublado y seguramente lloverá pronto. Al cerrar la ventana entra un golpe de viento y casi sin ruido alguno se caen todos los recuerdos de mi infancia para hacerle sitio a la adolescencia.


Christina Barth

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Literatura es ficción, por eso, es difícil de creer; lo encuentro exageradamente literario; porque he entendido que el trabajo representa "tu autobiografía de la infancia en relación a la literatura". Por eso, pienso que ha de ser más frío, rápido y menos calculado. Aunque, me ha encantado y es un relato genial donde he tenido la sensación de estar leyendo un dossier de esos que nos hacen leer. Para haberlo escrito en español está muy bien. Desde mi punto de vista. Es genial.

Jordi Carrión dijo...

Me ha sorprendido mucho el conocimiento de la lengua castellana que tienes porque si mal no recuerdo eres Cristina, de Austria. Bellísima manera de narrar, frases elegantes escritas por alguien que sin duda tiene el hábito de sentarse frente al papel (o al ordenador)no sin antes haber practicado el arte-del-boceto.
Por cierto, tu trabajo no es exactamente lo que yo creía que debiamos hacer... xD

isus dijo...

Di que sí, uno puede contarlo todo menos su vida real :-)
También boquiabierto por tu dominio del español, me gusta el ritmo suave, alguna de las metáforas, la atmósfera creada y el final.
Sin contar tu "vida real" das suficientes referentes psicológicos, literarios, artísticos y geográficos para situarte en este planeta.
La crítica, los saltos temporales me descolocan, tal vez un ligero salto de raccord entre Bilbao y el último párrafo?

Anónimo dijo...

Me gusta la figura de Freud merodeando entre las líneas de tu relato y sobre todo me han gustado algunas interrogante y afirmaciones como: "Quién sabe si Freud los observaba a ellos o si más bien era al revés", o aquello de que "los dioses no se dejan dominar... uno sólo puede tenerlos cerca, esperando alguna señal imaginaria de su parte". Mi única observación –y esto no quiere de decir que este mal– es que tratándose de un escrito tan corto la división que supone el título de "Siete años más tarde" obliga al lector a un reinicio, que luego vuelve a hacer dos veces más (supongo que es el objetivo de los espacios entre párrafos).
Desde mi humilde visión, yo como lector, digiero más fácil un trago corto (como un shoot de tequila), que no varios traguitos para acabar una chupito que se puede apurar en una sola empinada de codo. No obstante me ha parecido genial....

Matías

Fortuneo dijo...

Felicidades por tu conocimento en la lengua castellana. Pero sobretodo, por tu capacidad de relatar. Ademas, me encanto el uso de la frase de stiller, siendo que tu estas contando tu propia historia.

Mercè Cantó dijo...

Me parece que casi todos habéis descrito un recuerdo de la infancia desde una perspectiva adulta. Me habría gustado más leer vuestros recuerdos tal y como los recordáis, sin análisis, como si los volviérais a vivir. Tal vez se deba al hecho de intentar de dar un porqué a todo. Supongo que escribir aquí para que los demás opinemos tampoco ayuda.
¿Cuando eras pequeña ya leías a Freud? Es más, ¿te habías formado ya un criterio sobre su manera de pensar?

Jordi Carrión dijo...

El primer comentario firmado por Jordi Carrion es mio, Àmbar. (Lo siento, posteo en todas las entradas diciendo lo mismo porqué no sé hacerlo de otro modo, que seguro que existe...)

Jordi Carrión dijo...

Hola, Cristina

Al igual que los demás estoy impresionado con tu dominio del español. Enhorabuena. Me encanta tu manera de narrar, musculosa y ágil, muy cinematográfica a mi modo de ver. Mención especial merecen tus comparaciones que son sorprendentes y memorables ("Se parecían a peonzas conducidas por un hilo invisible en manos de un malabarista" me parece particularmente buena), pero mi favorita es la siguiente: "los dioses no se dejan dominar, no se dejan conducir como un protón en el gran colisionador de hadrones". Por cierto, ¿qué coño son los "hadrones"? :)
Ah, by the way, "omnisabiduría" no existe en español, se dice "omnisciencia", pero el neologismo me gusta =)

J.A. Vila

DanielGR dijo...

Hadrones son algunas de las particulas subatomicas (si no recuerdo mal) que intervienen en el experimento que el CERN realizó hace unas semanas en su colisionador de particulas.

b. dijo...

interesante lo de los hadrones, no tenía ni idea...!
El relato, con un español del que puedes sentirte orgullosa, me da la sensación como a Carla de ser litarario en el sentido clásico de la palabra. Se encuentra detenido en las descripciones y rodeos que nos alejan del objetivo central, que es saber de ti. Igual le falta un poco de trabajo de compensación de pesos... Es mejor ejercicio de estilo y de sabiduría que relato autobiográfico, solo eso qué decir.