Estaba en una mesita en la entrada de la casa en la que crecí. Era en blanco y negro, no porque en esa época no existiera la foto a color sino porque estaba tomada a contraluz: “Se toma justo en el momento en el que el sol se mete”, me decía mi mamá cuando íbamos a la playa y yo intentaba tomar una igual. Me contó que la había tomado mi papá cuando yo aún no había nacido. Esa foto es lo que más me gusta recordar de esa casa: la cara de mi mamá de perfil con el pelo recogido y el mar atrás. Nunca pregunté qué mar, nunca me importó.
Cuando era más chica, la foto me recordaba que mis papás habían estado juntos y que habían, aunque por un tiempo nada más, formado una estructura familiar sólida. Se conocieron en la universidad en México, se casaron, viajaron y vivieron en Europa donde hicieron sus posgrados. Fue en esa época en la que mi papá escribió sus mejores cuentos y mi mamá más estudió. Fueron seguramente los años en que más leyeron y más tranquilos se sintieron. Una época de la que siempre, por separado, hablaban maravillados y de la que yo no era parte más que al mirar esa y otras fotos. Esa foto me daba seguridad: era mi punto de referencia a una vida familiar estable. En las otras fotos, mi mamá salía casi siempre con el pelo suelto y mi papá con barba, usaban pantalones acampanados y ropa característica de los setentas. A veces salían solos y a veces con amigos, algunos de los cuales todavía frecuentan.
Mi hermano y yo nos mudamos con mi mamá a esa casa después de que mis papás se separaron. La casa me gustaba mucho: “Parece un hotel”, fue lo primero que dije cuando fuimos a conocerla. Pero por alguna razón nunca me sentí segura en ella. Tenía la sensación de que no había suficiente movimiento y eso me hacía sentir poco protegida, a lo mejor también un poco sola. Hoy entiendo que el problema no era la casa sino lo que representaba: el reflejo de que mis papás se habían separado.
Antes de dormir la recorría y cerraba todas las ventanas; cerraba las puertas de los closets y las cortinas de mi cuarto para no ver el jardín de abajo. Mi hermano veía la televisión en el sillón que estaba afuera de mi cuarto y el ruido me tranquilizaba. Unas horas después, casi todas las noches, me despertaba y ya no escuchaba nada: ahí es cuando más miedo sentía. Prendía la luz, abría un libro de Asterix y leía mientras vigilaba la puerta: pensaba que alguien podía entrar.
Un par de años más tarde mi mamá se volvió a casar. Construimos un segundo piso, ampliamos la sala y a mi hermano le regalaron una televisión para su cuarto: el ruido se distribuyó en la casa, ahora más grande. Yo empecé a leer libros de la serie azul del Barco de Vapor y compramos un perro. La foto se quedó en el mismo lugar y yo seguía con miedo por las noches. Lo que ahora me tranquilizaba era la música clásica que venía desde el estudio. Aún cuando me gustaba el ruido me quejaba y le pedía al entonces esposo de mi mamá que le bajara al volumen: quejarme era mi manera de reafirmar que estaba acompañada.
Había noches en que mi mamá se sentaba en mi cama y me platicaba o contaba cuentos hasta que me quedaba dormida, o hasta que ella creía que ya estaba dormida. “Me da miedo quedarme dormida de repente y no darme cuenta”, le dije una vez. “A mí me encanta esa sensación”, me contestó. Si me llegaba a despertar más tarde y no la veía entonces subía a buscarla: a veces la encontraba ya dormida y a veces leyendo. Otras veces me daba mucho miedo subir y entonces sólo cruzaba al cuarto de mi hermano que estaba más cerca. Otras veces me daba pena aceptar que seguía con miedo a mi edad: prendía la luz y leía.
Los domingos venían amigos a comer y entre semana había cenas: esos días era cuando mejor dormía. Los fines de semana mi papá me llevaba a museos y recorríamos todas las librerías de la ciudad: a mí me encantaba pero igual me quejaba. Las noches que me quedaba con él no me dormía hasta no escuchar “una historia de cuando él era chico”. Cuando me llevaba de regreso a mi casa, mi mamá me abría la puerta y lo primero que veía al entrar era su foto.
Unos años después mi mamá se volvió a divorciar y mi hermano se fue a vivir a Nueva York. Mi miedo nunca se fue pero logré disimularlo con cuentos de Gabriel García Márquez y distintas novelas: Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé se convirtió en otra referencia importante en mi vida. Cuando mi hermano regresó a México yo me mudé, nunca volvimos a vivir juntos. La foto sigue exactamente en el mismo lugar.
A la fecha no me gusta el silencio absoluto: me asusta y me distraigo con cualquier ruido. Prefiero las ciudades grandes aunque no me gustan los tumultos. Escucho música siempre que puedo, incluso para leer. Mis cuentos favoritos son las historias que mi papá cuenta y la biblioteca que más disfruto es la que yo he ido construyendo. El miedo a la noche se me ha quitado, ahora tengo otros.
Mi mamá sigue viviendo en esa casa y siempre que la visito salgo con la misma sensación: el tiempo ha pasado por cada rincón, las paredes se ven más sucias y las plantas y flores que la rodean están descuidadas. Lo único que se mantiene joven es mi mamá en la foto, aun cuando el marco redondo de plata, ya sucia, haya pasado de moda.
Nuria Clavé
lunes, 6 de octubre de 2008
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10 comentarios:
Aquí somos menos cariñosos ya que para referirnos a nuestros padres decimos "mi padre". Repites mucho "mi mamá", "mi papá" y "mis papás". No se debe repetir la misma palabra en un texto a no ser que sea como recurso que entonces es tres veces, u otro detalle. Por un lado, tal vez seas mejicana y no me parezca tan grave. Por el otro, si no lo eres, creo que es dificílisimo ponerse en la piel de una niña pequeña y escribir como ella. Yo me lo hubiera pasado bomba haciendo faltas de ortografía y de sintaxis... Hubiera jugado con la forma que es lo único que me ha quedado en la cabeza porque he hecho poca literatura. Aunque eso depende de tu personalidad. De todas formas, es largo y tiene verborrea que ya es una dificultad seria muchas veces.
Como suele pasar, ya ha salido el tema de "mi mamá", "mi papá". No le des importancia, es simplemente algo cultural, distintas formas de referirse; no lo veo un problema. El cómo has ido concadenando escenas e ideas está bien, y cómo no: una experiencia vital intensa ayuda a dar profundidad a lo que se cuenta. Aún así, me ha dado la impresión de que el texto podría haber sido mucho mejor de lo que es, y lo digo porque he notado lo que quizá sea cierta falta de concentración en la escritura, quizá prisa, quizá poca relectura. Algunos pasajes chirrían un tanto. Por lo demás, en general me parece buena la elección del tema de las fobias y el recurso circular de la foto como orígen y meta.
Felicidades Nuria, has conseguido sujetarme a tu texto (y a tu vida...) escribiendo lo más parecido a loo que yo entendí que Jorge propuso. Me gusta el estilo poco artificioso, cálido y natural. No sé si esto es "bueno" o "malo" pero reconozco a la mujer que escribe, no porque te conozca a ti sino porque desprende una sesnsibilidad bastante femenina (puede que sea una chorrada de apreciación pero es la mía)
pd: Ahora entiendo lo que Jorge decía sobre la importancia geográfica...
Me ha gustado la "suavidad" que lleva el relato, y muchas otras cosas que bien podría señalar, pero el objetivo de este blog es precisamente es señalar –de la manera más crítica y objetivamente posible– los puntos de inflexión que de alguna manera aquejan al relato. Unos de esos puntos –a mi modo de ver, que no tiene que ser acertado– es una abundancia explicativa que coarta la imaginación de lector. Todo está explicado clarísimo y sencillo. Es decir no hay espacio para que el lector vaya deduciendo cosas, armando conjeturas, fantaseando, etc.
Nuria Clavé, puedo decirte que tu historia fue la que mas me cautivó, no solo porque tiene un tono muy ligero y casual, sino tambien por su fuerte tematica de nostalgia. Realmente siento que es la nina de la hisoria la que me lleva paso a paso por el camino de sus miedos y percepciones de la infancia. Tu cuento es un muy acertado contraste entre un tema melancolico relatado en un tono muy sutil. Felicidades!
Creo que no has podido evitar analizarte a través de la infancia. Yo diría que has complicado el ejercicio y por eso ha perdido el objetivo principal que, según había entendido yo, era hablar de un recuerdo (objeto, momento, etc) y tú has hecho un recorrido por toda tu infancia con tus ojos de persona adulta.
También repites mucho la palabra "más". Léelo en voz alta y te darás cuenta de esas cosas.
Una infancia muy rica desde el punto de vista de recuerdos y vivencias. Aprovéchalos.
La foto
La autora nos ofrece un texto conmovedor y bien construido sobre su infancia. Hace un recorrido amplio, partiendo desde recuerdos familiares previos a su misma existencia y concluyendo con una descripción de la casa en decadencia donde ella ya no vive que seguramente existirá durante años.
El amarre, el ancla de toda la historia es una fotografía, de la cual se hace un retrato completo: cómo es, cómo se hizo, qué significa para la autora. A partir de la imagen, se abre un zoom a la familia, a la casa, a la lectura y los cuentos, al tiempo libre y el paseo, a los miedos y las noches, al mundo de los adultos y sus relaciones de pareja o amistad, a los ambientes distintos que crean en un niño la luz, el sonido, el sentimiento… y dentro de la historia infantil permanece, poderosa, la fotografía. En este punto la narración sobrevuela hábilmente, con cuatro pinceladas, adolescencia y juventud, conservando la foto como único punto fijo. Concluye con un análisis de la propia autora, consecuencia lógica de lo vivido –de lo leído. Cierra definitivamente el zoom y el viaje en el tiempo volviendo a la foto: no se trata ahora de la imagen del recuerdo, sino de la real, el objeto físico, enmarcado y en presente.
Me ha parecido especialmente eficaz el tono en el que está escrito: es conmovedor desde la descripción concreta de los detalles, no hay sensiblería y los sentimientos personales se exponen con franqueza, sin recrearse en ellos. Resulta también interesante el desarrollo en el tiempo: desde el esplendor vital de sus padres (juventud y estudios en Europa) hasta el de la autora (bastante parecido al de ellos), que coincide el declive paterno. He disfrutado el modo en que recupera la memoria (un espacio perpetuo e invariable, donde todo existe tal y como creemos que era) a través de un único objeto. Finalmente, me ha gustado la progresión en el crecimiento paralelo de autora, casa y biblioteca y en la modulación de sus miedos. Es coherente, todo desemboca en ella tal y como se describe hoy.
El primer comentario firmado por Jordi Carrion es mio, Àmbar. (Lo siento, posteo en todas las entradas diciendo lo mismo porqué no sé hacerlo de otro modo, que seguro que existe...)
Hola, Nuria
Aunque pienso que tu texto está muy bien escrito, siento decirte que no he conseguido empatizar con él. Creo que se debe a que tu español es muy mexicano, obviamente, claro, pues eres mexicana. Aunque eso, en principio, no tiene porqué ser un problema, para mí sí lo es. El mundo que construyes con tu lenguaje me resulta un tanto hermético por ser tan alejado del mío y se me hace difícil penetrar en él. No sé si a alguien más le ha pasado.
J.A. Vila
Como a Daniel, a mí no me molestan los rasgos de español mexicano en el texto; creo que todos podemos contextualizar y leer perfectamente a un autor latinoamericano en su lengua.
En cuanto al relato, me gusta la forma en que el miedo se convierte en el tema central del que quieres hablarnos. El miedo a la ausencia, a la oscuridad y el silencio... y la literatura como aquello que llena de alguna forma ese hueco. Pienso, también, que podrías haberle sacado más partido en la escritura del texto.
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