lunes, 6 de octubre de 2008

Life in plastic it's fantastic

Ella era una rubia más de entre un mundo absurdamente infestado de rubias clónicas a ella, su sonrisa de labios color cereza mostraba una dentadura perfecta y dotaba a su rostro de una expresión insinuante, su extremadamente larga melena dorada, a veces dificultaba ver sus resplandecientes ojos azules, coronados por un rimel esmaltado tan intenso como sus intenciones. Su cuerpo era artificiosamente perfecto, de prominentes y duras curvas, las cuales, pasara lo que pasara, no sucumbirían a las leyes de la gravedad, su preciosa piel canela lucía siempre igual, fuera verano o invierno, sin ceder al frío que genera la desnudez. Aunque su leyenda afirmara que procedía de Malibu, un tatuaje en su espalda confirmaba que sus orígenes y lugar de procedencia eran menos glamourosos, aunque eso no era algo que afectara a su perenne sonrisa. Se llamaba Bárbara, aunque el mundo la llamaría cariñosamente por su diminutivo. Él se llamaba Ken y tenía muchas cosas en común con ella, como unos ojos claros resaltados por la piel bronceada, la eterna sonrisa o el revelador estigma taiwanés de la espalda, sin embargo era mucho más musculado que ella y superaba los treinta centímetros de altura. Su pelo, castaño y muy corto, daba a su cabeza una textura aterciopelada muy distinta a la melena sedosa de su compañera, pero cualquiera que los viera no osaría a discutir que formaban una pareja perfecta. Aunque ya había oído hablar de ellos, de hecho era imposible no haberlos visto nunca en televisión, los conocí por primera vez en casa de una amiga, donde estaban instalados desde que llegaran un 6 de enero y no pude parar de observarlos con curiosidad y admiración, eran tan distintos a todo lo que yo había tenido entre mis manos que no pude evitar cogerlos, la conexión entre nosotros fue tan inmediata que desde entonces se convertirían en mudos confidentes de mis primeras curiosidades sexuales, de las que ellos representarían gráficamente la respuesta.

Mirando un poco más atrás, recuerdo que los fines de semana, mi padre se pasaba horas en su despacho trabajando y mi madre sólo libraba los domingos, por lo que yo, por entonces hijo único, encontraba mi gran fuente de diversión y estímulo en la televisión, a posteriori he pensado muchas veces que debo ser la persona que más dibujos animados debe haber digerido en la historia, y fue precisamente ella la que me allanó ese camino en el que los niños dejan atrás ese mundo de juegos, sueños y color, para hacer frente a preguntas, dudas, miedos y reflexiones que ese mencionado mundo no puede contrarestar. Como a la mayoría de niños de mi generación, la muerte de David el gnomo asestó un duro golpe en nuestra, hasta entonces optimista, estabilidad emocional, aquella muerte de quien decía ser él más anciano del lugar, abrió en mi una brecha que tardaría dos semanas en cerrarse, afortunadamente, con el cese total de mis llantos por la defunción de David. La sensación de incomprensión e impotencia ante su conversión en árbol junto a su esposa, mientras un sollozante zorro, transporte e inseparable compañero de David durante años, se alejaba lánguidamente, me dejaba un cruel mensaje implícito, nada es para siempre, todo es efímero y se va cuando menos lo esperas, siendo, al asimilar este mensaje, la inocencia lo primero que dejas por el camino, pero como siempre se suele decir, las cosas nunca llegan solas, todo ello venia aderezado por el incesante aluvión de videoclips de gente como Michael Jackson o Madonna, quienes con sus ofrecimientos visuales llenos de muertos vivientes u orgias de cruces ardientes, santos que cobran vida, sexo interracial y corsetería imposible, resultaban un intenso estímulo visual para mi, sacudiendo otro golpe definitivo a mi hasta entonces níveo estado mental.

Fue en ese contexto cuando tuve mi primera toma de contacto con la pareja más famosa de el mundo del plástico. Aquella tarde en casa de mi amiga fue inevitable el impulso de transgredir con ellos el mundo de los mayores y jugar con sus tabúes, de los que ninguno era tan jugoso y divertido como el sexo. Yo tenía muchísimos playmobil, a los que veneraba, pero jamás aquellos muñecos asexuados me habían sugerido aquella actividad, tal vez por la imposibilidad de desnudarlos, por otro lado el sólido vestuario de reminiscencia pre-mamá que lucían las féminas de playmobil imposibilitaba cualquier intento de acto sexual convencional. Sin embargo Barbie y Ken parecían nacidos para ello, reyes de un mundo tan rosa y azucarado que producía un verdadero placer insostenible corromper aquel universo kitsch, ellos parecían encantados de ser despojados de su vestuario plagado de ruidoso velcro, para dar rienda suelta a los más surrealistas e ingeniosos coitos que aquellos genitales de plástico reluciente jamás pudieron obsequiar. Al ser sus piernas mucho más flexibles, era siempre ella la que hacia el trabajo más duro para responder a mis exigencias posturales. La llegada al clímax resultó demasiado intensa para la rubia efigie, las violentas sacudidas de Ken provocaron la, literal, pérdida de la cabeza de su amada. Cuando acabó con él, la insaciable muñeca continuaba su festín con sus amigas Tracy y Teresa o incluso con su hermana Skipper, probando así ser tan polifacética, laboralmente hablando, como promiscua. Sin embargo, tras haberla convertido en una réplica de Maria Antonieta, tuve que hacer frente a la ira de mi amiga, y desde entonces llevar con la discreción del secreto aquella recién descubierta afición, aquello que los americanos llaman guilty pleasure, limitada a mis momentos de soledad con aquella pareja nacida de la polimerización.
Borja Delgado

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Bueno, David el gnomo también puede ser literatura... Además tiene mensaje: "lo bueno siempre tiene un final" y lo malo también... Saludos.

Jordi Carrión dijo...

Un texto crítico y divertido. Nunca la Barbie había dado para tanto...

isus dijo...

Buenas...
La infancia a través de los juguetes y las series de tv, buenos pretextos para explicar los primeros traumas, la fantasía, el descubrimiento de la sexualidad...
Veo el principio y el final redondos. Por eso creo que no encaja del todo el párrafo central, el juego de personificar a Barbie es estupendo, ¿por qué no seguirlo con David? Y, puestos a construir, algunas de las frases sin puntos de más de cuatro-cinco líneas (de word) me despistan un poco (esto ya es una preferencia personal más que una realidad absoluta, es lo que tiene ser un disperso).
Ah, prefiero no pensar el juego literario que te daría Son Goku en una orgía :-O

Jordi Carrión dijo...

Magnífica descripción de Barbie y Ken y sus relaciones. No te falta el sentido del humor que hace que el texto sea ágil y ameno. Pero, como apunta Isus, deberías repasar la puntuación, creo que mejoraría su lectura. El párrafo central añade información y referencias de tu infancia y está bien ligado, sin embargo supone una ruptura entre el primero y el último.

Helena Ortiz

Jose Palacio dijo...

El texto tiene un tema valiente y rompedor. Destaca el contraste entre el sentido del humor imperante en la primera y la tercera parte, con el más reflexivo del central, donde sitúas la infancia. Creo que el párrafo intermedio hubiese quedado mejor como parte inicial a modo de introducción. Me gusta especialmente la descripción irónica y divertida que haces de Bárbara y Ken y de sus relaciones sexuales.

Jordi Carrión dijo...

Hola

Madre mía qué bien escrito está este texto. La única pega que se me ocurre es que empieces con esa larga descripción de Barbie y consorte. Al igual que el compañero de arriba, yo también opino que la parte intermedia del texto hubiera funcionado mejor como apertura. Aunque esto, bien es cierto, puede deberse a una simple cuestión de gusto. Personalmente aborrezco las descripciones y cuando un escrito se inicia con una descripción tiendo a echarme para atrás. Pero, vamos, una objeción menor. Bravo a todo lo demás: desde la idea de destrozar el mundo de pulcritud idiota de Barbie a base de orgías salvajes, hasta la propia composición del texto. Por cierto, ahora que caigo en ello, creo que no mencionas el hecho de que Barbie careciera de pezones (quizás sí lo haces y yo estoy equivocado), pero fue algo que me frustró indeciblemente durante mi infancia. Nada más que comentar.

Jordi Carrión dijo...

Se me olvidó firmar antes.

J.A. Vila

Mercè Cantó dijo...

Hay una expresión que no me quito de la cabeza: "coronados por un rimel esmaltado tan intenso como sus intenciones". Brillante. Todo el texto me gusta, aunque en la estructura parece que la parte central no encaja tan bien como el principio y el final. ¿A la misma edad te afectó lo de David y hacías disfrutar a Barbie y Ken? :)

Jordi Carrión dijo...

El primer comentario firmado por Jordi Carrion es mio, Àmbar. (Lo siento, posteo en todas las entradas diciendo lo mismo porqué no sé hacerlo de otro modo, que seguro que existe...)

b. dijo...

Me parece un texto muy efectivo, bien escrito, atrevido y fresco. Me gusta.

Belén